jueves, julio 22, 2010

De crisis



La crisis va a acabar conmigo. Y no voy a entrar en detalles laborales insignificantes (¿o detalles laborales que están convirtiendo mi cuenta bancaria en insignificante?) sino que va a acabar conmigo literalmente, desde un punto de vista material. Cuando no son los trabajadores de Metro de Madrid son los tenderos pero la cuestión es que se está gestando una nueva especie humana de depredadores como consecuencia del hundimiento económico (hundimiento, si, que queda más melodrámatico y acorde a mis grandes dramas existenciales diarios).

Los trabajadores del Metro: Yo me tomé la huelga con mucha filosofía, la verdad, teniendo en cuenta mi escasa, o más bien nula, paciencia habitual con el Metro, del que jamás me cansaré de quejarme sin necesitar una huelga cómo excusa. Pero vaya, por aquello de la solidaridad proletaria y mil argumentos políticamente correctos más (porque, irónicamente, la opinión genérica sobre lo sindical suele ser siempre políticamente correcta), decidí derrochar una paciencia infinita en apoyo al derecho de huelga, incluso cuando decidieron que, ya que estaban, pasaban olimpicamente de cumplir con los servicios mínimos. Ahora que lo pienso, me lo tomé estupendamente, interpretando que montar en vagones de trenes que pasan cada quince minutos en hora punta, sin aire acondicionado y que sufren constantes y casuales averías entre estación y estación, era una buena forma de acabar con el espacio vital de cada uno que eso siempre supone un mayor acercamiento humano e implica que te soben más de lo que ha hecho nadie en todo el año.

Y sobreviví a lipotimias, ataques de pánico e ira, claustrofobias, retrasos, tocamientos y olores. Pacientemente. Pensando en que la culpa de esto, en el fondo, era de la crisis.

El chino del trabajo: Bueno, lo correcto es "el de la tienda que hay frente a mi oficina" (porque por suerte para él no compartimos trabajo y en mi trabajo los chinos somos nosotros) y, dicho sea de paso, la única en cuatro manzanas. Le llamaría por su nombre pero no lo sé y por más que le pregunto cosas no quiere nunca responderme a nada salvo al precio de las cosas. Su mujer es más agradable, me avisa de los productos en mal estado. Él no. Creo que me odia. Me he dado cuenta hoy, cuando por primera vez me ha sonreído. Yo le he devuelto la sonrisa y me he ido más feliz que todas las cosas pensando que por fin me había ganado un trocito de su alma, gracias a mis pestañeos y mis enfáticas sonrisas destinadas a caerle bien. Nada más lejos de la realidad. Su mujer no estaba. Cuando he llegado a mi mesa y he abierto la bolsa de gusanitos Hello Kitty (es que sólo tiene cosas envasadas en todo tipo de mercadotecnia infantil...empiezo a plantearme si tiene en mente un infanticidio a gran escala) y he notado un sabor extraño, no sólo he encontrado los gusanitos ¿verdosos? si no otro tipo de seres. Ni siquiera he podido rescatar las pegatinas de regalo que dono al armario de la hija del Nuevo, no me he atrevido a meter la mano porque el moho tenía dientes y, además, estaba escupiendo lo que nunca tendría que haber llegado a mi boca.

He ido a devolverle la bolsa en cuestión, claro. Y ante mi explicación de por qué no me iba a comer eso ha dicho "oh". Aunque en principio se ha negado a descambiarme una bolsa por otra creo que he sido convincente cuando le he dicho que pruebe a comérsela él. Ha dado igual, todas las bolsas de la tienda estaban caducadas y hasta me ha dado pena pensar que ahora tendría que tirar, el pobre hombre, todas las cajas y reponerlas por otras que caducaran en breve por la falta de consumo. Luego me he dado cuenta de que eso no va a ocurrir, no va a tirar lo caducado. Siempre me queda el consuelo de que su mujer vuelva y me avise de qué es comestible y qué no. Intento no recordar todas las cosas que he comido compradas en esa tienda. Ahora entiendo eso que dicen de que no es bueno picar entre horas.

Y cómo tampoco es plan de ponerme a opinar sobre esta costumbre que está adquiriendo la empresa española entorno a los pagos y otras virguerías, dejémoslo ahí, en intentos de asfixia y envenenamiento cómo consecuencia de la crisis. Además.




6 comentarios:

Aroa dijo...

¿Gusanitos Hello Kitty? pero tú eres una pequeña enferma, ¿no?

No te hemos visto esta semana... snif.

*V* dijo...

Tengo un don para localizar cosas horteras hasta en comida. :)

Ya, yo también os echo de menos!

Anónimo dijo...

Jjajajaja ten cuidado porque si te cojes una baja por intoxicación a lo mejor cuando vuelvas tu silla está ocupada...
Por cierto en mi calendario de mesa pone hoy: "El hombre que no sabe sonreir, no debe abrir tienda" (Proverbio Chino)quizá por eso los chinos de las tiendas es lo único que hacen aunque no hablen español.

Nessi

*V* dijo...

jajajajajaja.. qué graciosita, no? jajaja.. pues si, lo de las bajas olvídate, eso es de la época en la que los trabajadores cobraban! jajajjaa

El chino de Marce no sabe sonreír, te lo digo, a mi por lo menos! (¿ tenéis calendarios con citas en la mesa? qué nivel! nosotros no, eso cuesta mucho dinero... )

Fleischman dijo...

¡No puedo resistirme a leer y comentar un texto de chinorris! Muy bien contada la terrible experiencia coherente. Estoy seguro de que inventaron los gusanitos.

Frase lapidaria: los chinos se enriquecen de la caducidad de Occidente, en todos los sentidos. Prueba un día a mirar la fecha de caducidad de las salesas flías...

*V* dijo...

Que el tendero en cuestión fuera chino (o de donde fuera que mi incultura entorno a lo asiático me impide determinarlo) es lo de menos, angelito, bastante tendrá él con haber llegado a un país con esta economía, esta política y esta sociedad! y lo de vender cosas caducadas por lo visto está de moda: el domingo casi compro una bolsa de patatas caducadas desde hace un año en un bar toledano.

La crisis, vaya, que está haciendo estragos.