martes, enero 20, 2015

¿Y si somos como somos?


Hoy debo confesar (tralarí) que me compro revistas. A veces, algún día. Revistas de esas que te dicen que tienes que ser tu misma mientras que te acribillan con artículos sobre por qué a tu hombre le vas a gustar más con menos kilos o cómo vas a estar divina de la muerte si para tu outfit combinas mejor un cardigan en camel (antes que un Blazer nude) con tus lady. O la traducción en Albacete que no es otra que si vas a por el pan te pega más la rebequita marrón con los tacones en lugar de la chaqueta rosa.  Claro que ir a por el pan en tacones, no lo veo. Igual que tampoco veo que la rebequita, que debe ser siete tallas más grande, ahora no te cueste tres euros si no cien. En serio. Los precios, una cosa muy loca.
Yo me digo a mi misma que me compro esas revistas porque regalan cosas. Siempre. Pintalabios, pinta-uñas, agendas, pañuelos, pinta-uñas otra vez…. Así que lo veo como una inversión: para lo que me cuesta el regalo en cuestión me dan una revista. Pero creo que es puro morbo, igual que cuando me trago los telefilmes de antena 3 o me leo culebrones superventas  de esos en los que el tío es un machista controlador que en el mundo real debería tener una orden de alejamiento. El caso es que a veces las compro. En los aeropuertos estoy siempre tentada a comprarlas (pero es que en los aeropuertos estoy tentada a comprar de todo, eso es para estudiarlo...) pero algún que otro domingo, estando en el kiosko he dicho “venga va, que viene un pintauñas fosforito” (sí, fosforito, porque el flúor es otra cosa). Luego me he ido a casa, me he tumbado en el sofá y he visto (porque de leer viene poco ahí ¿eh?) la revista zampándome una tableta de chocolate y riéndome de todo con lo que no estoy de acuerdo, pero tomando nota mental, inevitablemente, de, por ejemplo, las cosas que debes hacer para que el chocolate no provoque espinillas.
Y es que provocan eso, en parte. Despiertan miedos, inseguridades y hacen que pienses “bueno, por estar informada más que nada” aunque sepas que todo es mentira y que, por supuesto, por una cantidad muy loca de dinero, puedes estar divina de la muerte. O pagar a un fotógrafo que te haga parecerlo.
Las fotos están ahí, de un montón de mujeres siempre jóvenes, siempre tersas, siempre divinas, con sonrisas profiden y colores de piel adecuados (excepto Cara Delavigne que si mi color de piel es verdoso, el suyo es tirando a muerta de tres días). Esas mujeres que da igual lo que lleven que lo saben llevar porque (¡chará!) el estilo está en ti no en el ejército de estilistas, fotógrafos y relaciones públicas ni, mucho menos, en una cuenta llena de ceros. Igualico comprarte un vestido de Dior para una boda que buscar en Modas Mari. Esas mujeres, y nosotros los adultos (o la gente que acumula años) lo sabemos, son una mentira. Siempre lo han sido, son espectáculo y como tal debe interpretarse aunque las revistas se empeñen en vendernos un Olimpo al que podemos llegar si tan sólo nos esforzamos.
No está mal que nos guste cuidarnos, tampoco lo está que pensemos en formas de mejorar de una u otra manera. Yo siempre he pensado que lo de echarse cremitas (yo la primer) es más psicológico que efectivo. Te echas la cremita, te miras al espejo y piensas “yeah” y ahí, en esa seguridad delante del espejo es donde está tu belleza. La belleza que ves tú que será siempre la que al final importe. Pero para verte así algunos días también hay que ser consciente de que otros días te verás fatal. Feromonas. Y si quieres te compras cremas pero al final es todo feromonas.
Y de las cremas, claro, a los kilos.
Ay. Los kilos. Se nos está yendo de las manos. Antes una 36/38 era estar delgada. Ahora no, porque puedes haber cogido peso de aquí de allá, nunca se sabe. No podemos tener tripa, nuestros brazos tienen que estar tonificados, cuidadito con que se te caigan las tetas y muerte y destrucción a la celulitis. Igualitas que Marilyn.



Yo con los años me estoy haciendo tolerante con los kilos (los míos y los ajenos) y un poco, cada vez más, intolerante con los yihadistas de las grasas (siempre hablando en niveles saludables, claro). A mí es que me das a elegir entre Elisabeth Taylor y Cara Delavingne y ¿qué quieres que te diga? Y ya no por la cara (y la piel y las cejas ¡Jesús!  Que cosa rara de piel y cejas tiene esa niña) si no por el cuerpo y no hay color (y la foto de abajo lleva fotochop). 


Pero es que lo prefiero porque una Elisabeth y una Marilyn comían, se las ve, y a mí eso me gusta porque yo hay privilegios que, la verdad, prefiero no quitarme hasta que el señor de la bata blanca venga a decirme que el azúcar en mi cuerpo va a matarme. Y repito, comer es un privilegio. Eso nos lo enseñaron nuestros padres o nuestros abuelos y, aun hoy, muchos lo viven en primera persona, y sin necesidad de irnos fuera del territorio nacional.
Luego entre tanto "voy a hacer dieta", tanta revista de ensalzamiento de la irrealidad y tanta talla que no es talla, nos echamos las manos a la cabeza cuando nos enteramos de que hay blogs y webs de niñas que aconsejan como vomitar o como no comer. Los había ya hace unos años pero ahora han tenido hasta que prohibirlo en Francia e Italia. Y es que, además, esas niñas controlan mejor que los adultos estos temas de la tecnología y claro, ya no es lo mismo castigarlas en su habitación o amenazarlas con darles aceite de ricino.
En mis años mozos, hace ya, la anorexia y la bulimia ya eran un problema, algo es un problema cuando dejas de verlo por la tele para ver como se hace realidad en tu grupo de amigos, en tu familia, en tu trabajo o en tu universidad. Donde fuera. Y no, claro, no hemos acabado con ello porque no es lo mismo decir con la boca grande, de cara al escaparate, lo mal que nos parece que la gente se obsesione con el cuerpo, a darnos cuenta de todos esos pequeños gestos diarios que tenemos (con nosotros, con los otros y con ellos) y que hacen que nuestras futuras mujeres se miren al espejo y ya no digan ¡yeah! en ningún momento.
Seguiré comprando revistas, de cuando en cuando, me quejaré de mi y de mi cuerpo según el día, me echaré cremitas y diré ¡yeah! incluso sin habérmelas echado, incluso puede que algún día me de por hacer dieta aunque sea por el placer de violarla (o porque el médico me diga que basta ya de vivir la vida) pero seguramente nunca me sentiré tan guapa como cuando termino de escribir una página en blanco. Y eso es lo que me gustaría que probaran esas chicas que buscan formas de vomitar en google, que probaran a sentirse guapas sin un espejo delante, que consiguiéramos enseñarlas que ser mujer es algo más que intentar ser un bonito florero.
A ellos también, claro. Y todo esto generalizando que es la forma más divertida de hablar de todo sin decir nada.



3 comentarios:

Clara dijo...

XDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD. ¡Me ha encantado! ¡Olé tu, guapa! Pero guapa de verdad, ¿eh?. Que las mujeres florero al final no son más que eso, floreros superficiales que nunca consiguen estar a gusto consigo mismas

Aroa dijo...

Yo le agradezco a Cara que ponga de moda la ceja poblada. Eso no se lo podemos negar. Depilar cejas me da estornudos y lagrimones.

*V* dijo...

Guapa,Clare, tú, pero eso ya lo sabes (¡o eso espero!) ;)

Tus cejas, Aro, no necesitan deforestación pero yo sí se lo voy a agradecer a Cara que soy un osito (aunque no estornudo :S)